25 de marzo de 2011

Mi vecino Cthulhu


Mi mamá está muy enferma, mucho, mucho, y creo que ese es el principio de esta historia. Me llamo Satsuki y tengo 9 años, y tengo un papá un poco despistado que para dormir nos cuenta extraños cuentos de duendes, fantasmas y trolls (“tororus” según mi hermanita) del bosque (ese sería el otro principio de esta historia), y también tengo esa hermanita de 5 años que se llama Mei (y ese sería el tercer principio).

Para que mamá se cure nos hemos mudado al campo y ella está en ese hospital tan bueno del que todos hablan. Aún no conocemos a nadie. No es que estemos solas, somos dos hermanas bastante unidas, pero aún no ha empezado el colegio y la verdad es que estoy bastante aburrida. Lo único divertido por aquí es ese árbol que hay en la parte de atrás de la casa. Un enorme alcanforero con una gigantesca cuerda ritual. Papá dice que es para protegernos, pero no sé que puede hacer por nosotros un trozo de corcho con una soga liada a la espalda…

Pero en ese árbol pasan cosas extrañas. El otro día me pareció ver pequeñas bolas peludas rodar hasta su interior. Creo que papá nos mete demasiadas tonterías en la cabeza. Y sinceramente, creo que a Mei le vendría bien que dejaran de contarle historias de monstruos. Hace unos días entró corriendo en mi habitación riendo como una posesa y balbuceando cosas raras. Cuando se calmó me acabó contando que había estado jugando con un enorme “tororu” azul salido del árbol. Pero no lo contaba de broma, como cuando explica que su zapato izquierdo quiere ir hacia la derecha y que por eso está tirada en el suelo, ni como cuando jugamos a que los papás creyeran que yo era ella, y ella era yo, porque el Sr. del armario nos había intercambiado los cerebros. No, estaba contenta de verdad porque había hecho un amigo. Por mucho que me enfadé porque era una mentirosa, no dejó de decir que era cierto.

Y luego llamaron por teléfono.

Lo cogí yo, claro, como siempre. Y me dijeron que si estaba mi papá, y le dije al hombre del teléfono que no, y me dijo que tenían que hablar con él, que mi mamá estaba peor, y entonces no sé qué más me dijo porque yo empecé a llorar y ya no le entendía, y Mei también lloraba, y se fue corriendo, y no sé qué más pasó hasta que llegó papá con la compra y se fue corriendo al hospital muy preocupado porque no encontraba a Mei.

Pero yo sabía dónde estaba Mei. Pero lo que no sabía era lo que me iba a encontrar. No esperaba verla jugar con su “amigo”. Ni esperaba encontrarme un altar en forma de extraño vehículo-gato donde mi desnuda hermanita estaba atada con esa gigantesca cuerda ceremonial. Y el enorme ser que oficiaba era tan terrible, a la vez que adorable… Era como un deforme muñeco de peluche azul, tan precioso que dolía, pero tan feo que daba un obsceno placer mirarlo. Y todas esas diminutas negras criaturas danzarinas, cantando y sollozando:

“Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fthagn”

Era tan hipnótico, tan cercano al éxtasis, tan catártico… que me tuve que unir.

Por supuesto.

Relato escrito por Yume de "Tierras de cinefagia"