La protagonista tiene un podcast de terror que comparte título con la
película, y ahí se dedica a estudiar unos audios que le parecen perturbadores
y que la llevarán a un descenso a la locura terriblemente lovecraftiano. La
película no tiene Mitos de Cthulhu, pero todo en ella nos lleva a
pensar en recursos modernos para tropos clásicos, donde estos ficheros de
audio sustituyen a los polvorientos volúmenes arcanos y los investigadores
acceden sin saberlo a aquello que la humanidad no debería conocer. El software
de edición de audio se convierte aquí en el nuevo Necronomicón, un
lienzo donde cada onda de sonido limpia, cada susurro amplificado y cada pista
reproducida a la inversa abre una grieta hacia el abismo. La genialidad de la
película radica en recordarnos que el horror cósmico no necesita tentáculos si
tiene una buena atmósfera: el verdadero monstruo es la curiosidad humana y esa
necesidad obsesiva de descifrar un enigma que, por el bien de nuestra propia
mente, debería haber permanecido sepultado en el ruido de fondo.
¿Qué me ha parecido? Me hubiera encantado ver esta película en cines,
aunque dudo mucho que se estrenara por aquí. Y eso es porque, tal como sugiere
alguno de sus carteles, es una experiencia de terror auditiva, y viéndola en
casa notas que te estás perdiendo parte de la gracia... Si tenéis ocasión de
verla y disponéis de un equipo que os permita escucharla con auriculares, os
recomiendo hacerlo, tiene pinta de ganar bastantes enteros. Al fin y al
cabo, el uso de auriculares no es solo una mejora técnica, sino un acto de
sumisión: te aísla por completo del mundo real para meterte de lleno en la
misma trampa sonora en la que cae la protagonista. Si no pudimos disfrutarla
en la pantalla grande, al menos convirtamos nuestro salón en una cámara de
privación sensorial donde solo existan esos susurros.
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